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martes, 3 de agosto de 2010

Hasta no verte, Jesús mío

Zona de Tolerancia



Por Rodrigo Vidal

México es un país de leyes... que en muchos casos resultan letra muerta, mancilladas, vituperadas, ignoradas, muy modernas pero sin aplicar, vanguardistas pero arrinconadas y destinadas al olvido. A veces se crean como pan caliente y otras se re-reforman como enmendar a esos jeans que uno no quiere tirar porque alguna vez lucieron.

Dentro de esas leyes, en esas condiciones de abandono, destacan las que garantizan –en papel por lo menos-, los derechos de las personas con discapacidad, tanto federal como la estatal. Y en la de los tipos de discapacidad, hablando de personas que acumulan discriminación y enfrentan casos extremos de marginalidad, quiero referirme en esta ocasión a los ciegos –término correcto, pues recordemos que las palabras no discriminan-, y débiles visuales.

Las leyes obligan al Estado a garantizar el libre acceso a las personas con discapacidad en todos los espacios público, y muchas autoridades creen que cumplen con la “cuota” al crear sólo rampas, olvidándose de toda la demás infraestructura que facilita la integración de todas las personas que tengan alguna condición de cualquiera de los tipos de discapacidad conocidos y reconocidos en la ley.

Los problemas que enfrentan las personas con deficiencia visual o ceguera, cuando salen de sus casas decididos a desempeñarse en la escuela o trabajo, son muchos. A ellos nada les facilita el libre tránsito, su formación, el acceso a servicios, entre otras necesidades.

Con todas las leyes que existen, me convenzo más que no es un asunto de normas, sino de formación. Se crearon leyes, tanto federales como en el estado de Veracruz, para facilitar la integración de las personas con discapacidades, pero con el paso del tiempo quedan en el olvido, de las autoridades y de los ciudadanos comunes, esos que nos decimos “normales”, los que vemos, oímos y caminamos.

Los “completos” nos olvidamos de que existen esas leyes, porque poco o nada pensamos en aquellos que más las necesitan, y no me atrevo a decir “para quienes fueron creadas”, pues también se crearon para que no discriminemos a los discapacitados.

Somos, los “normales”, los que nos olvidamos que compartimos el mundo con personas que son distintas a nosotros, no menos, sólo distintas, que requieren de medios e instrumentos diferentes para moverse, estudiar, trabajar, alimentarse, vestirse, diferentes a los que usamos la mayoría.

Las leyes están, sólo basta voluntad para querer aplicarlas, conocimiento para exigir su aplicación y compromiso para involucrarse con la necesidad de crear un lugar más tolerante y equitativo para todos, sin importar las diferencias.

¿Será que es necesario ser invidentes para entender? Muchos que ven, no lo hacen más allá de sus narices. Comentarios, quejas y sugerencias, compártalos aquí y en Twitter: @ZonaDtolerancia

lunes, 10 de agosto de 2009

No ver para creer

Zona de Tolerancia

Por Rodrigo Vidal

A finales de julio la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), anunció que trabaja en la construcción de una biblioteca en materia de derecho procesal civil, con una particularidad, estará habilitada para ciegos y débiles visuales.

Se trata con esto de dotar a los alumnos que estudian derecho que son ciegos, de materiales en braille y audiolibros. El proyecto se llama Aula Tlanextli. El comunicado que emitió la UNAM detalla que el aula “será habilitada con impresoras en braille y programas de software a fin de facilitar el desempeño de estos alumnos, pero también será un espacio en el que se puedan integrar el resto de sus compañeros para evitar cualquier tipo de discriminación” y también que “catedráticos y maestros traten a las personas discapacitados de manera normal, porque casi nadie está preparado para atender a un estudiante ciego”.

Sin duda un buen avance, que no resulta suficiente en la proporción que ocupa el problema que enfrentan las personas con deficiencia visual o ceguera, cuando salen de sus casas decididos a desempeñarse en la escuela o trabajo, sin que nada les facilite el libre tránsito, su formación, el acceso a servicios, entre otros obstáculos.

Incluso, con toda y las leyes que existen, me convenzo más que no es un asunto de normas, sino de formación, como el origen de muchos de los problemas en México. Se crearon leyes, tanto federales como en el estado de Veracruz, para facilitar la integración de las personas con discapacidades, pero con el paso del tiempo quedan en el olvido de las autoridades y de los ciudadanos comunes, los “normales”, los que vemos, oímos y caminamos, los que decimos que tenemos nuestros cinco sentidos trabajando.

Los “completos” nos olvidamos de que existen esas leyes, porque poco o nada pensamos en aquellos que más las necesitan, y no me atrevo a decir “para quienes fueron creadas”, pues también se crearon para que no discriminemos a los discapacitados.

Somos, los “normales”, los que nos olvidamos que compartimos el mundo con personas que son distintas a nosotros, no menos, sólo distintas, que requieren de medios e instrumentos diferentes para moverse, estudiar, trabajar, alimentarse, vestirse, diferentes a los que usamos la mayoría.

Las leyes están, sólo basta voluntad para querer aplicarlas, conocimiento para exigir su aplicación y compromiso para involucrarse con la necesidad de crear un lugar más tolerante y equitativo para todos, sin importar las diferencias.

Quizá sea necesario que no veamos, para que creamos que urge cubrir esta necesidad en la sociedad. El ejemplo de la UNAM es aplaudible, pero que lamentable que resulte aún insuficiente.

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