martes, 16 de noviembre de 2010

Ídem

Zona de Tolerancia


Rodrigo Vidal

Basta con encender la televisión o la radio, abrir las páginas de un periódico o navegar por la red para reconocer que existe una intensificación de los actos de “intolerancia, violencia, terrorismo, xenofobia, nacionalismo agresivo, racismo, antisemitismo, exclusión y discriminación perpetrados contra minorías religiosas, étnicas y lingüísticas, refugiados, trabajadores migrantes, inmigrantes y grupos vulnerables de la sociedad, así como por otros actos de violencia e intimidación contra personas que ejercen su derecho de libre opinión y expresión”.

El texto entrecomillado es parte de las situaciones que fueron planteadas desde 1996 por la Organización de las Naciones Unidas, cuando en ese año decretó el 16 de noviembre como Día Internacional para la Tolerancia. Hace 14 años como ahora, los actos de intolerancia se mantienen en todas las sociedades y a pesar de la declaratoria y el compromiso firmado por los Estados miembros de la ONU –entre ellos México-, las causas y los efectos de esa falta de tolerancia no son combatidos.

Pero aún, algunos estados los fomentan, oficial o indirectamente. La permisión no siempre surge de una orden gubernamental, en la mayoría de los casos los Estados, como el nuestro, se convierten en cómplices cuando no combaten el retraso o provocan la nula aplicación de la justicia y las leyes en contra de actos de intolerancia.

La ONU establece que la existencia y permanencia de estas expresiones de intransigencia “constituyen una amenaza para la consolidación de la paz y de la democracia en el plano nacional e internacional y un obstáculo para el desarrollo, poniendo de relieve las responsabilidades de los Estados Miembros en el desarrollo y estímulo del respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos, sin distinción de raza, sexo, lengua, religión o incapacidad, así como en el combate contra la intolerancia”.

En pláticas con amigos, muchos consideran que aplicar la cultura de la tolerancia en sus vidas significa renunciar a sus propios principios y creencias en cuanto permitan que ocurran los actos e ideas de otros. En concreto, no creen en la tolerancia, término que también hay que decirlo, está muy devaluado ante la repetición discursiva sin acciones que la impulsen.

El Estado habla de tolerancia, pero no la practica. Desde las escuelas, en la casas, con los círculos de amigos se fomenta lo contrario.

Para entenderlo mejor, comparto la definición que la ONU realiza en su acta de decreto del Día Internacional para la Tolerancia:

“Entendamos que la tolerancia es el respeto, la aceptación y el aprecio de la riqueza infinita de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la apertura de ideas, la comunicación y la libertad de conciencia. La tolerancia es la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino una obligación política. La tolerancia es la virtud que hace posible la paz y que contribuye a la sustitución de la cultura de guerra por la cultura de paz.

La tolerancia no es concesión, condescendencia ni indulgencia. Ante todo, la tolerancia es el reconocimiento de los derechos humanos universales y de las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales. La tolerancia han de practicarla los individuos, los grupos y los Estados.

La tolerancia es la responsabilidad que sustenta los derechos humanos, el pluralismo, la democracia y el estado de derecho. En torno a ella se articulan las normas afirmadas por el conjunto de los instrumentos internacionales relativos a los derechos humanos.

(Ojo) Practicar la tolerancia no significa renunciar a las convicciones personales ni atemperarlas. Significa que toda persona es libre de adherir a sus convicciones individuales y aceptar que los demás adhieran a las suyas propias. Significa aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, su situación, su forma de expresarse, su comportamiento y sus valores, tienen derecho a vivir en paz y a ser como son”.

Y los Estados están obligados a fomentarla y no es precisamente una lista de buenos deseos e intensiones. “La tolerancia en el nivel estatal exige que haya justicia e imparcialidad en la legislación, en la aplicación de la ley y en los procesos judiciales. Exige también que toda persona pueda disfrutar de oportunidades económicas y sociales. La exclusión puede conducir a la frustración, la hostilidad y el fanatismo”.

La Asamblea General de la ONU establece que los Estados “han de ratificar las convenciones internacionales existentes en materia de derechos humanos y, cuando sea necesario, elaborar una nueva legislación para garantizar la igualdad de trato y oportunidades a todos los grupos e individuos de la sociedad”.

La intolerancia, es decir, el rechazo de la diferencia, “puede revestir la forma de la marginación de grupos vulnerables y de su exclusión de la participación en la esfera social y política, así como la violencia y la discriminación contra ellos”.

Como lo confirma el artículo 1.2 de la Declaración sobre la Raza y los Prejuicios Raciales, “todos los individuos y los grupos tiene derecho a ser diferentes”, y qué difícil resulta entenderlo.

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